jueves, 14 de junio de 2012

El Duque Pirata (Parte I)





El Duque Pirata  (Parte I)

Por J.M. Andrade

  Mi nombre es Bastian Mercado, Duque de Labarca. Nací en el seno de una familia acomodada en Extremadura, España. Favorecidos por el rey, mis padres adquirieron el titulo de duques y por ende mi título. Siendo mi padre un acaudalado aristócrata, debía su fortuna a los dirigibles, trenes, barcos y otras máquinas de vapor que se construían en los astilleros de su propiedad, además de ser un comerciante dedicado al transporte de mercancías por todo el mundo a través de una numerosa flota de dirigibles tipo galeón. Gracias a esto último he podido viajar por todo el globo. He visitado las enigmáticas y silenciosas pirámides de Egipto, cazado leones y antílopes en la sabana africana.  Pude ver de cerca la grandeza del Taj Majal y visitar los mercados de la India  llenos de alfombras, telas e innumerables especias. En oriente pude ver la grandeza de la muralla china, los templos del Japón, sus árboles de cerezo y conocer a los samuráis. Mi vida solía ser muy feliz recorriendo el planeta hasta la llegada de aquel fatídico día.
Como flota mercante, en nuestras bodegas siempre se transportó cargas de muchísimo valor, situación que nos hacia blancos muy atractivos. Los cielos y mares del mundo eran lugares muy peligrosos en estos tiempos, no solo por las tormentas o las altas olas, sino por la gente sin ley ni honor: los piratas aéreos.
Desaliñados, sucios y totalmente amorales, eran como los depredadores de la sabana, asechando; esperando el momento preciso para atacar. Solían tener fama de inclementes y lunáticos. No les bastaba con asaltar y saquear las naves, sino que también mataban a los tripulantes, violaban a las mujeres y luego hundían las naves con todos a bordo solo por el mero placer de hacerlo. Pocos eran los que esperaban a que el navío se resistiera al asalto para abrir fuego con sus cañones y hacerle añicos, así tuvieran que rescatar solo las migajas de la carga que caían al mar o a la tierra.
Estaba bien sabido que las embarcaciones españolas eran sus favoritas dado que solían recorrer vastas extensiones del globo y cargar numerosas riquezas a bordo. Tal situación había sometido a mi padre a una tensión extrema, ya que su flota era de todas las naves españolas, la que abarcaba las rutas más largas y solitarias en mayoría. 
Intentando hallar solución al problema había buscado el apoyo de la corona en estos asuntos, apelando a que la armada real interviniera para acabar con la cacería y destrucción indiscriminada de las naves de su flota. Ante los oídos sordos de la realeza y sintiéndose traicionado, buscó solucionar el problema por su propia mano. Tal decisión lo llevó a embarcarse en una empresa en extremo ambiciosa.
Mi padre, un ingeniero mecánico y científico talentoso, había decidido transformar uno de nuestros dirigibles mercantes de manera secreta en una suerte de fortaleza voladora. Bajo la apariencia de nave comercial había instalado una serie de cañones de grueso calibre, armas del recién inventado sistema Maxim, morteros y cohetes, todo conectado por una extensa red de tuberías de vapor, brazos mecánicos y mecanismos que podían controlarse desde la cabina de mando. Todo el sistema era comandado un par de guantes conectados a una poderosa e inédita máquina diferencial y accionada por una suerte de bastón, el cual poseía el medidor principal de la presión y un novedoso disparador eléctrico. Con solo ponerlo en su lugar y halar del gatillo todos los sistemas de la nave quedaban operativos.
Reina Alicia” fue el nombre que llevaba aquella nave. Hechas todas las pruebas de sus sistemas, nos despedimos de casa, de mi madre y nos lanzamos al cielo. Navegamos por varios meses a través de las rutas haciendo el papel de una nave mercante, cuando en realidad éramos una enorme y pesada carnada para los piratas, quienes al verla aparecer en el cielo solían venir como las moscas a la fruta.
Cuando aparecían en el rango de visión, hacíamos ver que no nos habíamos percatado de sus malas intenciones. Esperábamos hasta que estuvieran cerca, lo bastante como para que nuestras armas tuvieran un efecto total y devastador sobre sus endebles cascos. Al develar nuestra mascarada, estaban tan cerca que podíamos ver con claridad la cara de espanto que ponían esos miserables cuando nuestras escotillas disfrazadas se abrían y enseñaban el calibre de nuestros cañones. Las ametralladoras aparecían en la cubierta y sin previo aviso barrían con una copiosa lluvia de proyectiles el puente, cortando los huesos y la carne de igual forma que los mástiles y los cables de sus globos y velas, mientras que las balas perforadoras aplastaban como enormes martillos de fuego los mamparos de la embarcación, desintegrándola en cuestión de minutos.
Innumerables naves piratas cayeron en nuestra brutal estratagema. En cuestión de semanas fuimos liberando una por una las rutas y asegurando un poco de paz en los cielos. Pero era evidente que las historias de nuestro éxito se regarían por las rutas sobre todo por lo monstruoso y sangriento de nuestro método.
Era bien sabido que el sistema Maxim era mucho más efectivo que el Gatling, que había sido rechazado por los gobiernos confederados y unionistas durante su guerra civil por el nivel de la carnicería que podía desatar, pero si muy difundido en oriente y el resto del mundo, aunque ya se había quedado atrás en comparación al nuevo y refinado sistema de carga de proyectiles por retroceso y enfriamiento por agua. Adicional a que la sorpresa y la iniciativa, nuestras principales aliadas; poco a poco dejarían de ser efectivas y pasarían a estar en nuestra contra.
A pesar de ser muy similares a las bestias, entre los piratas se sabe que hay solidaridad y no se quedarían de brazos cruzados ante nuestro exterminio sistematizado. Contrario a esto, mi padre se convencía cada vez más de su victoria con cada nave de filibusteros que destruíamos. Dada tal situación solía caer en el error de la intransigencia, cosa que terminaría sellando nuestro destino.
El Reina Alicia era un verdadero acorazado aéreo. Debido al calibre de sus cañones, el casco estaba fuertemente reforzado con gruesas planchas de acero y unido por mamparos forjados especialmente para soportar combate extremo. Los cañones y las armas piratas que habían logrado alcanzarle a pesar de la velocidad de nuestro ataque apenas habían logrado rasguñar la madera que recubría el exterior. A través de eso teníamos la seguridad de que si nos tocaba enfrentar un ataque, el casco de nuestra nave sabría soportar y proteger nuestras vidas… Pero los piratas tenían algo más en mente.
Una placida noche de luna nueva navegábamos sobre el mar del diablo, cerca de las islas japonesas. A través de nuestra máquina de clave Morse recibimos un curioso informe de actividad pirata en esa área. Este no era muy diferente a lo usual, pero al momento de oírlo algo en mi interior me hizo pensar en que no estaba bien. Jamás en la vida había estado seguro de una corazonada, pero esta vez algo me decía a gritos de que las cosas no saldrían como siempre. 
La noche estaba muy calmada, ni siquiera había una pizca de viento. Mientras nos dirigíamos al cuadrante donde había sido el supuesto foco de actividad pirata, de un momento a otro el cielo se había cubierto de nubes y la luz de la esponjosa luna iluminaba tenue sobre ellas creando una pantalla fantasmal.
Avistamos una señal de auxilio de una máquina de reflectores a través de la penumbra.
— ¿Qué es lo que dicen? —preguntó mi padre.
—El eje de una de sus propelas se rompió. No pueden navegar así. Solicitan nuestra ayuda—respondió el vigía.
—Que mala suerte… ¿Y en esta zona? Diles que les ayudaremos.
—Como ordene, Duque.
— ¡No padre! ¡Algo no está bien!—exclamé con preocupación—Vámonos de aquí.
— ¿Por qué dices eso, hijo?—preguntó mirándome—No podemos dejarlos así.
 En vez de seguir adelante como le aconsejé, el buen “samaritano” de mi padre decidió brindarles un poco de ayuda a pesar de mis negativas y desconfianza. Nos fuimos acercando con lentitud por estribor. A pocos metros y ya avistando a los tripulantes tiraron las amarras y unimos las dos embarcaciones de forma segura. Apagamos los motores y fuimos al encuentro con los tripulantes de la nave averiada. Fue entonces cuando mis sospechas se hicieron realidad. El capitán hizo una seña y todos los tripulantes sacaron armas, mientras que de las nubes descendió otra nave pirata la cual se posicionó a babor, atrapando al Reina Alicia contra la otra nave.
— ¡Pero qué significa esto!—exclamó mi padre con sorpresa.
A pesar de la cerrada situación en la que nos hallábamos, ni mi padre ni la tripulación estuvieron dispuestos a entregar la nave así nada más. Sacamos las armas también y un tiroteo se dio lugar. Varios en ambos lados cayeron en seguida al ser alcanzados por las primeras descargas.
— ¡Busquen cuartel! ¡Maten a estos bastardos!—grité soltando algunos disparos con un revólver mientras retrocedía a guarnecerme.   
Los piratas tomaron las cuerdas y nos abordaron columpiándose desde su embarcación. Tratábamos de resistir, pero entre el estallido de sus fusiles y el filo de sus cuchillos fue imposible hacerles frente. En vista de que la situación estaba perdida, mi padre pensó enseguida en su bastón.
— ¡Bastian! ¡Ven conmigo!
Ambos corrimos hacia la sala de mando a tratar de recuperarlo, pero fue entonces cuando los disparos lo alcanzaron y cayó al suelo a pocos metros de la escotilla. Al darme cuenta de que faltaba, voltee y le miré a los ojos por última vez.
—Recupera el bastón. No lo pierdas...—dijo mirándome.
—Así será—respondí asintiendo con la cabeza.
Corrí al cuarto de control mientras los piratas venían detrás de mí a poca distancia. Entré con rapidez la sala y luego de cerrar la puerta con tranca, desajusté el bastón del mando apagando y bloqueando la maquinaria en su totalidad. Afuera los rufianes luchaban por abrir la puerta a patadas y empujones. Con el bastón en mi poder pensaba hacia donde correr, ya que ellos estaban por todas partes y si me atrevía a subir a la cubierta seguro me atraparían. Fue entonces cuando le dispararon a la cerradura e irrumpieron en la habitación. Apenas entraron les recibí a tiros, matando a uno al darle en la cabeza e hiriendo de gravedad al otro, quien se quedó tirado en el suelo quejándose del dolor. Más piratas venían hacia la habitación. Era una tontería pensar que con solo un revolver los acabaría. No me alcanzarían las balas para todos. Me acerqué a la ventana panorámica y vi la altura. Sería un milagro si sobrevivía a la caída, pero prefería eso a que el bastón y por consiguiente, el Reina Alicia cayera operacional en manos de esos bastardos. No me quedaba de otra. Le disparé a los ventanales a corta distancia haciéndole varios agujeros y me lancé contra ellos. Caí al vacío en medio de una cortina de vidrios rotos, amenazado por las balas de parte de los piratas en la ventana. De todas las que me tiraron una consiguió atravesarme el hombro. Sujetando con fuerza el bastón llegué al agua y me sumergí en el oscuro y frio mar.
El jefe de los rufianes entró a la estancia y miró a través el ventanal roto junto con ellos, convencido de que me había matado la caída. A pesar del golpe que recibí al chocar de espaldas con el agua, logré salir a flote varios metros de distancia del lugar de mi caída. Contemplé desde allí como lanzaban cuerpos al mar, en su mayoría de nuestro bando. Fue entonces cuando mi vista comenzó a nublarse y perdí el conocimiento. Los piratas permanecieron varias horas allí, intentando hacer funcionar las máquinas del Reina Alicia, ignorantes de que sin el bastón no era más que un enorme cacharro sin vida. No quedándoles de otra, adelantaron sus naves y la sujetaron con cuerdas a sus popas, llevándosela remolcada.
 No tengo la menor idea de cuánto tiempo estuve en el agua. Desperté en una litera dentro de un barco de pescadores, con el hombro vendado y muy aturdido por algún tipo de droga que alguien me había suministrado a modo de anestesia. En lo primero que pensé fue en el bastón. Traté de levantarme, pero me era imposible. Fue entonces cuando entró a la habitación un hombre viejo de poca estatura, ojos pequeños y cabello blanco.
—Señor… ¿Sería tan amable de decirme dónde estoy? ¿Ha visto un bastón que traía conmigo?
Repetí dos veces más mis interrogantes entre balbuceos y desvaríos, pero el misterioso anfitrión solo se limitó a revisar mis heridas, dándome a entender con una yerma sonrisa que no entendía ni una sola palabra de lo que le decía.

Continuará...

No hay comentarios:

Publicar un comentario