Buenos Días/Tardes/Noches, estimados lectores. Iniciando este ultimo mes del año 2012 (Y a menos de 20 días de que se acabe el mundo una vez mas) y por cierto, en nuestro mes de aniversario como movimiento en nuestro bello Panamá, les traemos una nueva y emocionante parte del relato protagonizado por del Duque Bastian, quien aun sigue en la intrépida búsqueda de su nave. En este capitulo podemos decir que muchas dudas acerca de quien lo posee en estos momentos de la historia se saldarán y sobre todo, el terrible y abundante poder que se maneja entre las manos. Sin mas que decir, esperamos disfruten de este cuento que abre oficialmente nuestro mes de nacimiento como movimiento.
El
Duque Pirata (Parte IV)
Deus ex Machina: El Fuego I
Después
de la cena nuestra anfitriona nos había mostrado unas habitaciones para que
pasáramos la noche en la villa. Lady Hikari había conseguido ponerse cómoda en
la cama. A pesar de no estar acostumbrada a dormir al estilo occidental,
aquellas semanas de viaje en la aeronave le habían obligado a amoldarse a su
nueva situación de errante. Cerraba los ojos y se quedaba dormida en cuestión
de segundos, como si lo que fuese a suceder al día siguiente no le causara la
más mínima preocupación. Haberle visto dormir así durante el viaje me solía
causar algo de envidia. A mí me había costado mucho conciliar el sueño última
instancia. Por mi mente solían cruzar las escenas de aquella noche una y otra
vez como si se tratase de una película, que cual llama hacían arder mi
carácter. La incertidumbre solía ser el carbón que palada tras palada a la
caldera mantenía aquel sentimiento con la misma vivacidad día tras día y me
espantaba por completo el sueño.
Mientras la noche avanzaba yo me había apostado en el balcón fuera
de mi habitación, misma que estaba al lado de en donde mi socia dormía con placidez. Desde allí podía observar con
claridad las luces de la ciudad, cuya vivacidad alimentada por el gas que
recorría las tuberías subterráneas habían resaltar toda la costa a lo largo de
varios kilómetros, opacando inclusive las siempre vivas luces de las estrellas.
Yacía sumergido en mis meditaciones mientras el humo se escurría
de mi cigarro en una suave columna hacia las nubes. Si, en efecto suelo fumar;
pero solo lo hago rara y ocasional vez gracias al hábito que solía crear la
alta sociedad de tratar temas de importancia acompañados de finos cigarros
hechos de tabaco de las Américas. En este caso lo hacía para meditar acerca de
la situación en la que junto con mi compañera de viaje me encontraba. La
explicación que nos había dado nuestra anfitriona era el tema central de mis
pensamientos. A pesar de que ya conocíamos nombres y teníamos sospechosos
potenciales, en mi interior aun sentía que estábamos alejándonos cada vez más
de la verdad.
— ¿No puede dormir, Duque Bastian?
Observé a mi izquierda y ahí estaba la madame con una linterna en
su mano.
—Para nada… ¿Le importa si fumo?— dije algo avergonzado.
—Pierda cuidado. Dormir tampoco ha sido mi mejor actividad estos
últimos meses. He pasado muchas noches en vela desde que todo esto comenzó.
—Yo he estado igual. Creo que cuando más dormí fue cuando conocí a
Lady Hikari. No estaría aquí si no fuera por ella.
— ¿En serio? ¿Cómo fue eso?—preguntó con curiosidad.
—Cuando secuestraron al Reina
Alicia, no tuve de otra que saltar al mar. Fue una altura enorme, aun hoy
en día no me explico cómo no acabé con el cuello roto y en el fondo del océano.
No sé cuánto tiempo estuve en el mar pero desperté tres días después que me
hallaron, en el barco pesquero que ella capitaneaba.
— ¿Capitaneaba un barco?—reaccionó sorprendida.
—Aunque usted no lo crea, madame... Ella es asombrosa. Eso y su
intuición ha sido lo que nos ha traído hasta aquí. Siempre que puede me
pregunta como es la nave y yo le empiezo a contar, sus ojos se iluminan como
soles. Por lo visto pilotearla se ha convertido en su más ferviente sueño.
— ¿Va a permitirle que lo cumpla?
—Ella se lo ha ganado a pulso. A pesar de lo complicada que es aun
para mí que la vi ser modificada desde cero, confió que ella se adueñe de esos
controles en la primera vez que los vea.
—A pesar de lo que te agobia, veo que en el fondo tienes mucha fe
en que vas a recuperarla.
—Fe, deseos, ambición; tal vez hay muchas palabras para describir
la voluntad. Hoy en día hay muchas cosas que me preocupan al respecto de esta
misión… Siento que cada día son más. No temo tanto por mi vida, sino por la de
ella. Al menos conocerle a usted ha arrojado un poco de luz a esta búsqueda.
Hasta antes de entrar a su tienda estábamos mas fuera de lugar que monja en un
burdel.
—Jajajaja ¡Que buen sentido del humor tiene usted, Duque! Eso es
muy bueno. A pesar de eso, puedo ver en sus ojos que aun se siente perdido, que
todo lo que le he dicho lo ha extraviado más que ayudarle a encontrar una
dirección viable.
—Por lo visto es imposible ocultarle algo, madame.
—Yo no diría imposible. Mejor calificaría en este caso la palabra
difícil. El cuerpo da muchas señales, solo hay que saber interpretarlas y se
podrá saber todo acerca de esa persona sin necesidad de dirigirle la palabra…
Yo le aconsejo que no se preocupe tanto. Mejor ocúpese, trabaje con lo que
tiene en vez de esperar por lo que no tiene. Vacié su tasa de todas esas dudas
y llénela con afirmaciones. La gente con la que estamos lidiando está muy
segura de lo que quiere y lo que anda buscando. Si quiere ganar tiene que estar
mucho más seguro y enfocado. Ahora recuéstese, estoy segura que apenas lo haga
su cuerpo se encargará de hacer el resto. Lady Hikari y yo lo necesitamos
fuerte para mañana. Que tenga buenas noches, Duque.
—Pase usted muy buena noche, madame.
Obedeciéndole de forma incondicional me dirigí a la habitación. Me aflojé las
polainas, las botas y me recosté en la cama. En cuestión de segundos me
desconecté del mundo sin darme cuenta me quedé dormido.
El sol se asomó sobre las montañas y su luz atravesó los
traslucidos cristales de las ventanas. Me levanté sin el mayor esfuerzo,
sintiéndome mejor que nunca. Había sido la mejor noche de descanso que había
tenido en semanas. En seguida recordé nuestras maletas, mismas que habíamos
dejado en el barco. Observé a un costado de la cama y ahí estaban las mías.
Luego de asearme bajé a la cocina. Ahí estaban ambas. Por lo visto se habían levantado muy
temprano.
—Buenos días, Bastian - San.
—Buenos días, milady. Buenos días, madame.
—Buenos días Duque. ¿Listo para desayunar? Lady Hikari se ha levantado
muy temprano y nos preparó un desayuno japonés. Cuando desperté ya todo estaba
listo.
—Bastian - San, Ivanna -
Sama; Pasen a la mesa, por favor—
dijo ella inclinándose.
Ante nosotros había un amplio banquete. Ella se sentó y luego de
bendecir los alimentos comenzamos a comer.
—Milady. ¿Fue usted por las maletas al puerto?—pregunté con
curiosidad.
—Así es, Bastian - San.
Me preocupaba tenerlas allá en la estación. Puede ser que los guarda equipajes
brinden mucha seguridad, pero una nunca sabe.
— ¿Fue usted sola?
—No. Ivanna - Sama me
acompañó. Pensé en despertarle para que viniera conmigo, pero no quise entrar a
su habitación e importunarle al ver que usted dormía tan plácido. Sé que no ha
dormido bien estas últimas semanas y se me hizo una maldad despertarle.
—Entiendo. Gracias por este gesto, milady. Por cierto, está muy
delicioso todo.
—En esto estoy muy de acuerdo con el Duque—agregó la madame
agradada por el sabor de la comida.
— ¡Estoy muy feliz que les haya gustado! Comamos, no quiero que se
nos vaya a enfriar.
—Luego de que terminemos les mostraré lo que les dije anoche.
Necesitaré que traiga su bastón, Duque.
Al terminar el espectacular banquete subí a buscarlo y luego me
dirigí junto a ellas a una habitación que había en la planta baja de la casa,
justo frente a la puerta de la cocina. Al entrar nos encontramos ante un
laboratorio. Varios pizarrones colgaban de las paredes y sobre ellos, un
sinnúmero de notas con dibujos y formulas matemáticas. Había una mesa adornada
por un intrincado sistema de tubos y envases de cristal, dentro de los cuales
líquidos de distintos colores hervían y se pasaban a otros tubos con cierta
armonía.
—Bienvenidos a mi humilde laboratorio. ¿Me permite el bastón,
Duque?
—Por supuesto.
Sin mayor duda se lo entregué. Ella lo observó detenidamente por
unos segundos, recorriendo con sus ojos cada centímetro y recodo del mismo. Al terminar
su inspección lo colocó sobre la mesa.
—Por lo visto está en buen estado. Por lo que veo la caída desde
el dirigible no daño ninguna de sus partes. Lo que no trae es la batería. No lo
ha usado en su otra función, ¿Cierto Duque?
Debo señalar que aquel bastón y yo hemos andado muy juntos, pero
siendo honestos éramos un par de desconocidos. Mi padre era quien solía
portarlo siempre y no se había tomado la molestia de explicarme sus funciones.
Lo que sabía de él era solo lo que había visto cuando estaba a bordo del Reina Alicia.
—No tengo la menor idea de a que otra función se refiere—dije
cruzándome de brazos.
—Lo imaginé. No se preocupe, Duque. Me encargaré de educarle al
respecto de este artefacto.
—Se lo agradeceré mucho… Mi padre me encargó protegerlo con la
vida. Es algo frustrante no saber a totalidad para qué cosas sirve.
—Preste mucha atención. Su apariencia de bastón es simplemente
estética. Ante sus ojos tiene la más pequeña y novedosa de las inteligencias
mecánicas. Funciona como el regulador principal de presión, como válvula
principal y gestor de ignición. Sin esta pieza, el Reina Alicia no puede moverse porque no tendrá presión de vapor ni
energía. El circuito de válvulas estará incompleto y los dínamos no tendrán la
carga inicial que amplificarán para poder alcanzar el voltaje necesario para
alimentar todos los sistemas de armas y de propulsión.
La madame abrió uno de los cajones de la mesa y sacó
una pequeña pieza de un color dorado cobrizo. Tenía una forma trapezoide,
decorada con pequeñas muescas cilíndricas a lo ancho. Nos la mostró deteniéndola
en medio de la palma de su mano, permitiéndonos grabarnos su forma para futuras
referencias.
—Esta es la “batería” a la que me refería, Duque. Bueno, una de
ellas. Si no se perdió en el mar, en la nave debe estar la otra.
— ¿Cuántas hay en existencia?
—Solo tenemos las dos mencionadas. Están fabricadas con un
extraño material que tiene una capacidad única de recargarse y almacenar
energía.
Ella tomó el pequeño cartucho y lo adaptó al bastón, un poco más
debajo de donde estaba el gatillo. En seguida la flecha en el medidor en el
mango del bastón se movió, indicando la potencia que había en la batería.
—Vayamos afuera—agregó la madame—. Lo que sigue es mejor que lo
vean en la práctica. Por favor, no olviden sus googles.
Le seguimos obedientes hacia el patio trasero de la villa como
pequeños que siguen a su maestra en una excursión. Al llegar allá nos encontramos
en un amplio solar. Calculé yo como unos noventa metros hasta donde empezaban
los arboles. Habían pilas de leña, fardos de heno y alfalfa distribuidos en
paralelo por el campo con espacios de veinte metros entre cada línea. La madame se me acercó y me entregó el bastón.
—Muy bien, Duque. Colóquese los googles y empuñe el bastón como si fuera un rifle. Luego apunte a
uno de esos fardos de la primera línea.
Hice exacto lo que me pidió.
— ¿Ve esa pequeña palanca plateada en la parte de adentro del área
del gatillo? Bájela. Ahora mueva la que está delante de esa hasta el primer
punto.
—Listo, madame.
—Milady, póngase los googles
por favor—dijo volteando a verle— Duque, ahora apunte al fardo y hale del
gatillo.
Halé del gatillo y la punta del bastón se iluminó. Un poderoso
destello emanó de ella como un relámpago, impactando el fardo y haciéndolo
explotar en llamas ante nuestra sorpresa. Enseguida bajé el bastón y moví la
primera palanca asegurando el gatillo.
—Por Dios… ¿Que ha sido eso?—pregunté espantado levantando mis googles.
—Eso, milady, Duque; es el poder de este bastón. Tu padre y yo lo
ideamos para darle carga al Reina Alicia,
pero también inventamos un bastón lanza rayos sin querer.
—Estoy sorprendido… ¿Cuántos rayos puedo lanzar con esta batería?
—Eso depende de la distancia a la que lo programe. Si lo programa
para objetivos cercanos tendrá para varios disparos, de lo contrario solo
tendrá uno o dos chances hasta que el medidor llegue a cero. Cuando eso pase necesitará
un par de horas para que la carga vuelva a ser útil. El medidor le indicará
cuanta carga te queda.
Yo observaba aquel artefacto sorprendido, mientras el objetivo al
que le había disparado ardía con fuerza elevando una gruesa pared de humo hacia
las nubes. Me era difícil creer que le había llevado conmigo todo este tiempo
sin conocer su devastador potencial.
Mientras tanto, una reunión bastante particular se daba en el
restaurante de un lujoso hotel en las cercanías del puerto. Un hombre de larga
gabardina negra aguardaba a ser atendido. Junto a él estaban lo que parecían
ser unos guardaespaldas. Frente a ellos estaba la puerta de un lujoso cubículo,
mismo que eran mesas privadas que las personas pudientes podían alquilar para
comer y fumar sin tener que codearse con el resto de los consumidores. En seguida,
un chasquido se oyó y la puerta se abrió, permitiéndole entrar al misterioso
engabardinado.
Sentado tras la mesa estaba un hombre muy elegante, de traje de
etiqueta y sombrero de copa. Lo llamativo eran sus manos y su rostro, cubiertas
por guantes metálicos y una máscara de plata muy similar a las del carnaval, a
través de la cual solo alcanzaba a ver sus ojos.
—La he encontrado, Ingeniero—dijo el engabardinado.
El hombre sacó de sus bolsillos un sobre de cuero y los puso sobre
la mesa. En seguida abrió la solapa y extrajo el contenido del mismo,
desplegándolo sobre la mesa. Una serie de fotografías mecánicas estaban frente
a él y quienes aparecían en ellas no eran otras que Lady Hikari y Madame
Ivanna. El enmascarado observó las imágenes por encima, moviendo sus ojos de un lado a otro a lo largo de las aperturas
en la argentada caratula.
— ¿Son recientes estas imágenes?—preguntó revisándolas con detenimiento.
—De muy temprano en la mañana. Les vi en las paqueteras del
puerto, venía acompañando a esta señorita, que no tengo la menor idea de quién
es.
—Interesante... ¿Sabe de dónde venían o a donde se fueron?
—Traté de averiguar sobre la señorita, pero según dijeron había
llegado a puerto ayer con un caballero muy elegante.
— ¿Un caballero muy elegante?
—Así es. Algunos insinuaron que se parecía al Duque de Labarca
hijo. Hace unas semanas se corría el rumor de que se le había visto en el
puerto de Kyoto.
— “Interesante. En la última transmisión que recibí de los
Cavaldi, Fabrizzio comentó que había saltado del navío desde una gran altura,
perdiéndose en la negrura del océano. ¿Será posible que este vivo?”—pensó el
Ingeniero llevándose la mano a la barbilla.
—No habían enviado sus maletas a ningún lugar porque no se les
notificó que se hubieran hospedado en algún hotel. En vista de ello decidí
seguirlas. Traté de ocultarme lo más posible. La madame parecía tener ojos en
la espalda, no dejaba de cuidar sus pasos. Les seguí por las calles hasta que
se introdujeron por un solar y llegaron a un bosque no muy lejos de aquí. El
camino se hizo en extremo sinuoso y les perdí. Intente dar con ellas, pero me
fue imposible. Cabe destacar que al subirme a un árbol divisé una villa. Estuve
investigando y no hay muchas por esa área.
—Gracias por este informe, caballero—dijo el Ingeniero—.Han sido
de mucha ayuda sus servicios. Por favor, tome su paga.
Uno de los guardas que estaba dentro del cubículo sacó un sobre de
su chaleco, entregándoselo. El espía salió, cerrando la puerta tras de sí. El
misterioso enmascarado siguió observando los papeles, muy seguro de que quien
aparecía ahí era a quien estaba buscando.
— ¿Cuáles son sus órdenes, Ingeniero?—preguntó uno de los hombres.
—Quiero que se preparen para esta noche. Irán a hacer un asado al
bosque.
— ¿Vivos o muertos?
—A ella la quiero viva. A los otros dos, mátenlos.
—Así se hará, Ingeniero.
Continuará...

Me ha capturado su historia!!! Seguiré leyendo y recomendando su literatura, me encanta lo descriptivo y la narración digerible, amena e interesante.
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