Buenos Días Tardes/Noches, camaradas Steampunkers. Para esta semana, El Overlord se complace en traerles este relato de parte de uno de nuestros escritores (Bastante rudo... Podría decirse que es toda una tragedia victoriana, lo que el autor ha bautizado como ¨Creepy Pasta Steampunk¨, Donde se demuestra que la voluntad de vivir puede ser mas fuerte que cualquier adversidad y la venganza, el motor que abra paso hasta los cielos mas cerrados.
Cap. Sophia Withengard
El Cuchillo de la Venganza
El Cuchillo de la Venganza
Por: J.M. Andrade
Alessandra Sophia
Daurian-Withengard nació en la colonia británica de las Bahamas a
mediados del siglo XIX. Fue la hija de una esclava
quien tuvo amoríos prohibidos con el joven hijo del terrateniente de la finca y
recién nombrado Duque Eldon Feihry Castles, que al enterarse del hecho y de
hacer caso a las suplicas de su hijo, perdonó la vida de la esclava y le liberó
con la condición de que se fuera lo más lejos posible de la plantación, para
así evitar el escándalo que tal situación traería dentro de la apretada y
estirada sociedad de la época.
Dada las condiciones de vida como hija de una esclava liberada, Alessandra
nació y creció en los barrios marginales de la ciudad en una absoluta
pobreza. Considerada una bastarda, fue
rechazada tanto por blancos como por los de su clase debido a su mestizaje. A
pesar de esto, intentó crecer feliz con lo que tenía.
Su madre, en vista de las carencias; intentó rehacer su vida junto a un
esclavo liberado, pero como figura paterna para la pequeña resultó ser un
completo desastre. No ayudaba en lo
absoluto, en su lugar; madre e hija solo recibían maltrato y desprecio de parte
de un borracho y golpeador empedernido que descargaba constantemente su furia y
frustración sobre el cuerpo de la madre, golpeándola hasta dejarle inconsciente
ante los ojos de la pequeña. Gran parte de su niñez consistió en recibir y aguantar severas
palizas y humillaciones hasta que un día, a la edad de quince años; ella
decidió darle punto final al caso.
Luego de que este llegara
borracho y les maltratara hasta quedarse dormido, Alessandra, severamente
golpeada; sacó a rastras a su madre de la casa quien yacía inconsciente por la
brutal y reciente paliza. Permaneciendo de pie más por la ira que por la vida,
la chiquilla empuñó una vela y luego de rociar varias botellas de licor en los
alrededores incendió la casa. Las llamas crecieron y se elevaron con una
voracidad impresionante, alarmando a todos alrededor mientras una figura se
escabullía entre la sombra de los matorrales.
Cargó a su madre por varios kilómetros
dentro de la selva. Cuando finalmente se detuvo, encontró que ella ya no estaba
respirando. Lamentablemente, la paliza que había recibido le costó la vida, la
cual se extinguió en los brazos de la niña mientras ella caminaba sin parar por
la vorágine de la jungla. A pesar de la inherente tragedia,
ninguna palabra brotó de sus labios, mas una voraz furia comenzó a crecer en su
interior. La noche entera no fue suficiente para detener el incendio, el cual
junto con la casa consumió gran parte del barrio ante la impotencia de los
vecinos.
Al no hallar sus cuerpos todos
los de la colonia pensaron que la niña y su madre se habían consumido en el
siniestro, lo que resultó muy ventajoso ya que la liberó de una severa condena,
porque las autoridades británicas solían ser sumamente severas en los casos que
tenían que ver con los esclavos.
Esa misma noche, frente a la tumba sin nombre de su progenitora, misma que
ella había escavado con sus propias manos; la joven mulata lloró lágrimas de
amargura y expresó abiertamente lo que sería el propósito de su vida.
—Juro vengarme… Vengarme de todos
aquellos que hacen lo que me hicieron a mí, de la realeza, de la nobleza y la
burguesía que tanto nos ha marginado y abusado.
Alessandra pasó varios días después del incidente oculta en la jungla.
Permanecía junto a la tumba sin moverse un solo ápice a pesar de la lluvia y el
viento. Sus ojos yacían vacíos y sus labios tan cuarteados como la
tierra bajo el sol abrazador. Fue entonces cuando el sonido de una jauría de perros llegó
hasta sus oídos. Alarmada, trató de ocultarse; pero sus piernas no respondieron
debido a la sed y el severo estado de inanición al que se había sometido
durante dos semanas. Al primer intento de moverse, su cuerpo se desplomó sobre
la tierra como si fuese el viejo tronco de un árbol muerto.
Los perros halaron a su guía con tal fuerza que rompieron sus cadenas,
yendo directamente al paraje donde se hallaba la desvanecida joven.
— ¿Qué es lo que sucede?
—Los perros están muy inquietos,
Duquesa—dijo el sirviente—.Hay algo allá que les ha llamado poderosamente la
atención.
—Vayamos a ver de qué se trata
entonces.
Los perros pertenecían a Evelyn Daurian Duquesa de Whitengard, Una
joven viuda de noble corazón, quien había perdido a su esposo cuando el
dirigible en el que ambos viajaban sucumbió durante un feroz huracán hacia ya
cinco años atrás. Para recordar a su esposo, cuya mayor afición era la cacería,
solía salir por los vastos territorios que comprendían su propiedad en busca de
conejos. Los canes finalmente se
detuvieron sobre lo que había cautivado su atención. La Duquesa no daba crédito
a lo que veía.
Severamente golpeada, sucia;
notablemente sedienta y hambrienta, yacía a medio enterrar en el barro lo que
parecía ser una muchacha mestiza. Sin importarle la suciedad, la dama se
arrodilló junto a ella y usando conocimientos básicos de medicina determinó que
aun tenía aliento de vida.
— ¡Aun está con vida! ¡Llevémosla a la
plantación de inmediato!—exclamó con alivio.
— ¡Como ordene, Duquesa!
Ella la llevó en sus brazos sin conocer todo lo que la moribunda Alessandra
dejaba atrás en aquel solitario paraje. Luego
de determinar su estado y hacer todo lo necesario para asegurarla con vida, dio
inicio a una larga recuperación. Una severa inanición y la casi desaparición de
fluidos corporales habían causado severos daños en la joven, agravando mas los
daños que le habían causado aquellos largos años de maltratos y vejaciones.
Dos semanas después de estar bajo una suerte de coma la joven finalmente
despertó. Al abrir los ojos, se halló en una blanca e iluminada habitación. Una
suave cama confortaba su espalda, mientras una tibia cobija envolvía su
cuerpo. Sus ojos enfocaron bien,
encontrándose con la tierna mirada de unos amorosos ojos verdes que le
observaban con ternura.
— ¿Estoy muerta?—susurró con
desconcierto.
—No. ¿Por qué preguntas eso?—preguntó
la dama con curiosidad.
—Porque… Porque esto parece el cielo… Y
usted, un ángel.
La Duquesa sonrió con dulzura, mostrándole a la convaleciente muchacha la
más blanca sonrisa que jamás había visto en su vida.
—No, mi pequeña. Esto no es el cielo, pero
aquí estarás bien. ¿Cuál es tu nombre?
— Alessandra.
— Aquí estarás bien, Alessandra. Nada te hará falta de ahora en
adelante.
Dichas estas palabras, la recuperación continúo progresivamente hasta que
quedo completamente restablecida. Jamás en su vida se había sentido tan bien. La dulce Duquesa se hizo cargo de la chiquilla como
si se tratase de su hija. Junto a ella,
conoció lo que significaba el calor humano, la comprensión, el cariño, la
educación; el cariño y sobre todo el respeto. Ocho años después, se había convertido en una refinada y educada jovencita. La
Duquesa la adoptó oficialmente, dándole su titulo y nombre, pasando a llamarse
Alessandra Sophia Daurian Duquesa de Withengard.
Todo era felicidad para ella, a excepción de algo que solía molestarle
severamente: la presencia de los hombres. Debido a los maltratos de
su padrastro, ella había desarrollado un profundo miedo hacia ellos a tal grado
de que no los soportaba. A todos los esclavos que estaban en la casa los
trataba con severo recelo y desprecio, a pesar de que la Duquesa Evelyn le
había inculcado el buen trato hacia todos, dado que ella solía tratarlos mas
como empleados que dichamente como esclavos. En cambio, siempre se mantenía pendiente de que las
esclavas fueran tratadas de la misma manera que a ella, muy preocupada de que
no recibieran algún tipo de maltrato de parte de los hombres.
Un día una severa plaga de cólera azotó la isla. La Duquesa Evelyn
inmediatamente se ofreció a ayudar a los enfermos, convirtiendo la casa en un
centro de ayuda para los pobres. Largas horas dedicó al cuidado de los
enfermos, a tal grado que se descuido a sí misma. Lamentablemente ella también se contagió enfermando
gravemente.
Alessandra cuidó de ella
cada día, acompañándola en su convalecencia, esperanzada en que ella lograría
recuperarse. Al
ver que ya estaba sumamente enferma y cansada de luchar, La Duquesa finalmente
aceptó su destino.
—Alessandra…—susurró la dama.
— Duquesa Evelyn.
—Quiero que me escuches y no pongas objeción a lo que te voy a decir… Estoy
consciente de que no voy a salvarme de esto…
—Duquesa Evelyn…—insistió la joven con los ojos llorosos.
— Escúchame… He decidido cederte todo lo que tengo a ti, ya que eres
la hija que nunca tuve. Quiero que me prometas que tendrás una vida tranquila y
vas a superar los traumas que te dejó tu vida pasada. Sobre todo, quiero que
sigas ayudando a los pobres…
—Lo prometo, madre—respondió la joven con tristeza.
La Duquesa Evelyn sonrió por última vez justo antes de que su vida se
desvaneciera mientras sujetaba la mano de la hija que jamás tuvo. Ella no sabía qué hacer en esos momentos. Sintió que otra
vez estaba sola en el mundo. A pesar de ello, opto por recordar con alegría los
años felices que vivió junto a su nueva madre. Dichos recuerdos se convirtieron
en fuerza, cosa que iba a necesitar para lo que se le avecinaba. Finalmente el brote de cólera desapareció tal como llegó.
Miles murieron, en su mayoría esclavos y gente pobre. Los nobles de la isla no
tardaron en enterarse que la Duquesa Evelyn había sido una de las víctimas y
que en su lugar, la joven mestiza había quedado con toda su fortuna.
Mientras ella vivía, debido
a su bondad y buen nombre; habían guardado silencio con respecto al hecho de
que esta hubiese adoptado a una mestiza como su hija, ocultando su desprecio y
repudio a esta decisión. Pero ahora las cosas eran diferentes.
Inmediatamente solventada la
situación de la epidemia, una severa conspiración comenzó en contra de la
heredera de los Whitengard, creándole mala fama y soltando una sarta de
mentiras. A pesar de la nefasta situación que se avecinaba, la casa continuó
ayudando a los pobres invirtiendo cuantiosas sumas de la fortuna en alimentos y
medicinas. Tal empresa era sostenible gracias a las vastas plantaciones de
tabaco y algodón, mismas que habían sido el sostén de la familia por decadas. Una oscura noche de invierno,
unos forajidos se escabulleron en la plantación y empuñando antorchas dieron
inicio a un devastador incendio. Los
esclavos y la propia Duquesa imprimieron todas sus fuerzas para salvar el
cultivo, pero la voracidad de las llamas pudo más que la voluntad.
El amanecer dejó ver los campos arrasados y el alma devastada de la Duquesa
veía una vez más como sus sueños yacían con las cenizas sobre el campo. Con su vestido rasgado, húmedo y sucio caminó por el
campo mientras recordaba como en una mezcla de imágenes sus momentos felices,
eclipsados por los terribles hechos de su cicatrizado pasado. Fue entonces cuando la punta de una sus botas chocó contra
algo. En el suelo, justo frente a ella estaban a medio calcinar lo que parecían
ser unas antorchas. Algo resplandecía junto a ellas. Brillando como el oro
entre la tierra estaba un viejo encendedor. Lo tomó entre sus manos y al
limpiarlo, una imagen se proyecto en su mente.
Años antes cuando ella tenía diecisiete, a la casa había venido un viejo
Duque junto a su hijo, el cual tenía unos treinta años. La Duquesa enseguida la presentó ante los caballeros como
su hija. Al viejo no le sorprendió mucho el hecho, mas el joven al verla
pareció haberse quedado helado, tan sorprendido que no podía disimularlo. Mientras hablaban, el mayordomo
de la casa ofreció al Duque un puro, producto de la producción de la finca. El
hijo, enseguida; sacó de su bolsillo un encendedor dorado sumamente fino,
ornamentado con detalles de flores talladas en el áureo metal. Ella jamás había visto semejante joya y su imagen quedó
perpetuada en su mente. No cabía duda, se trataba del mismo encendedor. Fue ahí
entonces que recordó el juramento que le había hecho a su madre aquella oscura
noche en medio de la selva.
— “Juro vengarme… Vengarme de
todos aquellos que hacen lo que me hicieron a mí, de la realeza, de la nobleza
y la burguesía que tanto nos marginado y abusado”.
Luego del siniestro, pasaron varios días y Alessandra no deseaba ver ni
hablar con nadie. Su mente permanecía enclaustrada en los recuerdos y en la
voraz furia que la consumía. Encerrada en su cuarto, ideaba de vengarse de sus
enemigos.
Al verle en su estado de
devastación actual, las esclavas solían hablar en susurros, tratando de que
ella no se enterara de la preocupación que allanaba a la servidumbre. Fue
entonces un día que frente a su puerta oyó a unas esclavas hablar, entre ellas
Etienne; su amiga desde la infancia.
— La Duquesa lleva semanas en ese
estado. Ella es como nosotras, aunque ya ni parece. Debería ser fuerte y
resistir, sobreponerse a esto.
— Etienne ¡Será mejor que te calles, no vaya a ser que ella te
escuche!—susurró otra de las mozas.
— ¡Ojala me escuchara! A pesar de que soy una esclava, yo tengo
un sueño, uno solo… Seguir soñando. Soñar con la libertad, soñar con la
justicia, soñar con la igualdad… Ojalá ya no tuviera necesidad de soñarlas.
Ella tiene todos los recursos para tener lo que quiera en esta vida, no debería
estancarse en los recuerdos del pasado. Si yo fuera ella, perseguiría mis
metas y las conseguiría sin duda, cueste lo que me cueste.
Tales palabras calaron hondo en ella, haciéndola meditar. Inmediatamente
logró sobreponerse a su profunda tristeza. Al día siguiente convocó a todos los esclavos en el patio de la casa y se
dirigió a ellos.
— Hombres, mujeres. Los he reunido aquí para comunicarles que he
decidido dejarlos a todos en libertad. Ya no serán más esclavos, al menos en
esta casa.
A pesar de que esta debería ser una noticia alentadora y de suma alegría,
en lugar de la algarabía, un profundo silencio inundó el campo.
— ¿Qué sucede? ¿No les da gusto la noticia?—preguntó con desconcierto.
Un profundo silencio fue su respuesta durante unos minutos, hasta que la
voz de una de las esclavas, para ser exactos la misma que había oído ese día tras
su puerta, rompió el silencio.
— ¡No queremos ser libres, Señora! ¡Al menos no ser libres de usted!
— ¿Cómo es eso?
—No queremos dejarla sola en esta situación.
Usted, como la patrona; se ha preocupado mucho por nosotros y nos ha cuidado.
Ningún otro patrón ha sido tan bueno con nadie jamás.
— ¡Queremos quedarnos con usted!—gritó la multitud.
Tal algarabía inundó sus ojos de lágrimas. Pero a pesar del apoyo de los
esclavos los problemas no desaparecían. Con la plantación destruida, la fortuna
de los Daurian - Whitengard se había esfumado y ya no podría seguir ayudando a
los pobres como se lo había prometido a su madre, la Duquesa.
Fue entonces cuando a su mente vinieron los recuerdos de cuando era más
pequeña. Su nueva madre la había llevado a Inglaterra y pudo ver las
sorprendentes maquinas de vapor, los dirigibles y carros sin caballos. Mientras andaban por las calles de Liverpool ella le
contaba de los largos viajes que muchos valientes hacían en dirigibles buscando
un gran tesoro que podría liberar a todos de la miseria. También le había
contado sobre los peligros del mar, especialmente sobre aquellos despiadados, pero
valientes hombres llamados piratas aéreos y como solían asaltar los barcos y
acumular riquezas, fama y fortuna.
A pesar de que su madre le
había dicho lo malvados que estos eran, ella solía fantasear y jugar a que ella
era una pirata, pero que en vez de robar por el mero placer de hacerlo, ella lo
hacía para dar tales fortunas a los pobres. Tales recuerdos habían sido una
epifanía. Ante sus ojos estaba la solución a sus problemas.
—Esta es la solución que estaba
buscando—dijo para sí misma—.Ahora, necesito un nombre… Mi nombre de pirata
será: Sophia Whitengard.
Inmediatamente asaltó su vieja peinadora, recogiendo las joyas y demás
prendas que alguna vez la habían adornado como una noble. Comenzó a aprender de mecánica y armamentística, apoyada en unos viejos
libros de la biblioteca de la casa. Recordó entonces que en una de las galeras
muy cercanas a la playa yacía desde hace unos años el viejo velero de la
familia. A partir del mismo comenzó a diseñar su nave.
Con la ayuda sus ex esclavos inició la construcción. Largos meses de
trabajo sobrevinieron sobre la empresa, transformando aquel velero en un veloz
y atemorizante dirigible. Pesadas líneas
de cañones fueron instaladas en los costados tras compuertas disfrazadas de
ventanas, mientras que los mamparos fueron blindados con un liviano pero fuerte
acero en planchas. Una sencilla pero eficaz máquina gobernaba un poderoso motor
a vapor, el cual alimentaba de energía cuatro propelas laterales que le darían
la velocidad requerida para remontarse hasta las altas corrientes en el cielo. Luego de año y medio de
construcción y de acabar con los escasos recursos que quedaban, el navío estaba
listo.
— ¿Señora, ya ha decidido un nombre para su nave?—preguntó con
curiosidad Etienne.
— Si. Se llamara Madhëstor.
— ¿Cuándo entraremos en acción, Capitana Sophia?
Ella buscó en su bolsillo. Al abrir su mano, aquel áureo encendedor
resplandeció a la luz de las velas.
—Pronto, Etienne… Ya tenemos un primer
objetivo.
Continuará...

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