Buenos días/tardes, noches; estimados lectores. Se acerca el dia internacional del Steampunk y para celebrar volvemos con una nueva imagen y con la idea de revivir este blog, ya que es una plataforma muy útil para transmitir nuestras ideas. No hemos estado durmiendo en los laureles, en su lugar trabajamos duro para traerles el mejor contenido acerca de esto que nos apasiona y su movimiento en nuestro pais.
De forma reciente nuestro escritor residente, José Miguel Andrade publicó por medio de la Espía de Historia su más reciente trabajo del tema Steampunk: Acero: incidente en el istmo. Esta fue una idea que estuvo en el tintero por años, siendo Alastair, el protagonista; su primer personaje retrofuturista.
Sin más que decir, les dejamos este extracto esperando que puedan apoyarlo y adquirir su novela en formato digital, para así conocer como seria panamá en un universo Steampunk.
V
El Istmo
Las primeras luces del nuevo día
hallaron al Anna Victoria en las
proximidades del puerto de Manzanillo. Alastair y Alexandria se habían levantado
casi al unísono unas horas antes y como buenos ejemplos de etiqueta se habían
aseado y vestido, tenían su equipaje recogido y la habitación ordenada. Un
sinnúmero de naves surcaba los cielos y los mares llegando o saliendo desde el
puerto, cuya extensión se salía del rango de visión de los vigías estando algo
entorpecida ya por la espesa bruma compuesta de humo, vapor y la neblina
residual de la noche que se acumulaba en el ambiente. Acomodada ya en su
muelle, los eficientes motores dieron su último resoplido antes de acabar la
metalizada sinfonía que habían sostenido desde el puerto de la Habana.
Aquel astillero se mostraba tan vasto y
abarrotado como el antes mencionado. Una innumerable y variopinta cantidad de
naves tanto aéreas como marinas entorpecían la visión en ambos lados, todo
desdibujado entre nubes de vapor y neblina. El resoplido de las máquinas se
mezclaba con el bullicio de las gentes que abarrotaban la calzada entre
pasajeros y carga que subían y bajaban de las naves en una suerte de caos
controlado. Metidos en sus papeles de pareja y seguidos por un asistente, los
Lawless pusieron los pies en tierra firme luego de atravesar la rampa junto con
los demás pasajeros. Alastair levantó la mirada entrecerrando los ojos mientras
estudiaba los alrededores y a los transeúntes.
—¿Buscas a alguien, querido?—preguntó
Alexandria.
—A nuestro contacto en la
ciudad—respondió sin bajar la mirada—. Ella será quien nos guíe hacia donde nos
quedaremos mientras buscamos la tierra para nuestra nueva casa.
Observó durante algunos minutos más
hasta que una expresión de afirmación se posó en su rostro.
—Ya nos ha encontrado.
La joven vestía un discreto y detallado
traje de color gris con detalles en negro y un pequeño sombrero coronaba su
descomplicado peinado. Al acercarse más, ambos pudieron distinguir la menudez
de su estatura, más la seriedad de su suave rostro era enmarcada por unas
notables lentes tintadas.
—Buenos días, Sres. Lawless—dijo
deteniéndose con firmeza—. Bienvenidos a Colón. Mi nombre es Jessamine
Kitchinham y seré su contacto aquí.
—Mucho gusto en conocerle—dijo
Alexandria.
—Mucho gusto, Srta. Kitchinham—dijo
Alastair.
—Por favor, sean tan amables de
acompañarme.
Sin más que decir inició la marcha
siendo seguida de cerca por ambos y el asistente con el equipaje. Se deslizaron
con cuidado entre las gentes que se tropezaban unas con otras en un tortuoso
andar, como si se tratase de peces atrapados por una estrecha red. Algunos
minutos después de recorrer un sinnúmero de puestos y cardúmenes de personas,
llegaron hasta el carruaje que aguardaba por ellos. El asistente subió las
maletas al portaequipaje con la ayuda de los cocheros mientras Alastair asistió
a ambas damas mientras se subían al carruaje.
El coche inició su marcha a través de
la abarrotada calle, adentrándose en la ciudad. A medida que avanzaban podían
ver un cambio gradual en las personas y sobre todo en las vestimentas,
destacando los coloridos vestidos de las damas y no menos la elegancia y
sobriedad de los atuendos de los caballeros. Numerosas banderolas y guirnaldas
colgaban de los palcos de las casas y atravesaban por encima de la calle
mostrando un durmiente estado de fiesta. Alexandria contemplaba con curiosidad
las decoraciones a través de la ventana mientras el carruaje seguía su curso de
forma expedita a través de la avenida.
—Esta semana se celebra otro
aniversario de la nación—dijo Jessamine—. Qué bueno que llegaron temprano.
Cuando empiezan los desfiles es imposible transitar por estas calles. Por
cierto, Sr. Lawless, le tengo actualizaciones de los informes que envié para
usted acerca del istmo.
—¿Han pasado más cosas?—preguntó
frunciendo el ceño.
—Ni se imagina. A parte de las
poblaciones perdidas, se ha reportado la aparición de un misterioso y por no
decir más, grotesco bosque de lo que parecen ser hongos gigantes.
—¿Hongos gigantes?—preguntó Alexandria
olvidándose del exterior.
—Así es. Nadie puede explicar cómo
aparecieron. Así como la gente desapareció por la noche, ellos estaban allí por
la mañana. Les han observado con prismáticos porque nadie se atreve a
acercárseles. Dicen que son como del tamaño de una persona.
—Interesante—dijo Alastair con la mano
en su barba—. ¿Nos llevará a la estación del tren?
—Primero iremos al Hotel Washington.
Allí espera por ustedes quien los acompañará a la ciudad amurallada.
La joven revisó en el maletín que tenía
en la silla a su izquierda y separó unos papeles, entregándoselos a Alastair.
—Aquí está el resto del informe del que
le hablé. Hay información fresca recién enviada del día de ayer para la
Agencia. Espero poder recibir sus impresiones luego de que visite los campos y
las poblaciones.
—Así será.
─Por cierto, en seis días a partir de
hoy; tres ironclads llegarán por la
costa del pacífico. Si no hay problemas con el clima, por supuesto.
El carruaje se detuvo en frente de las
escalinatas del hotel. Uno de los cocheros procedió a abrir la puerta y
ofrecerle su mano a la joven.
—Sra. Bellamira. Sr. Irving. Les deseo
buena suerte en su misión—agregó antes de bajarse.
—Gracias—contestaron al unísono.
La joven adelantó unos pasos y cruzó
miradas con una misteriosa dama que caminaba a la par de ella en dirección
hacia el carruaje. La dama se apoyó en las manos del cochero y subió al
carruaje, sentándose frente a la intrigada pareja. El cochero cerró la puerta y
luego de situarse en su lugar inició la marcha, alejándose del hotel.
—Buenos días, Sres. Lawless—dijo con
acento español—. Un gusto conocerlos. Mi nombre es Isabel de Galicia.
—Mucho gusto─ contestaron a destiempo.
─Disculpen mi extraña introducción.
Tengo ciertas reservas con esta ciudad debido a asuntos personales, por tanto,
no suelo andar por el área del puerto. Además, supuse que sería mejor que los
recibiese alguien que hablase su mismo idioma.
─Pierda cuidado, Srta. de Galicia─
comentó Alastair─. Supongo que usted será quien nos guíe a la ciudad
amurallada.
─Así es. Los llevaré además a la posada
donde se quedarán mientras buscan las tierras que han de comprar para
establecerse. Allí les espera todo el equipaje que enviaron con anticipación.
─¿Está usted a cargo de la
posada?─preguntó Alexandria.
─No. La posada está bajo la tutela de
madame Karenina. Yo solo soy una de sus asistentes. Ella es muy amiga del Sr.
F, por tanto, les brindará todas las comodidades en sus posibilidades.
El carruaje se deslizó a través de las
calles sin resistencia alguna, a pesar de que ya estaban intensificándose las
actividades diarias de la ciudad. A lo lejos podía escucharse el resoplido de
los trenes y el tintineo de sus campanas. Unos minutos más de recorrido
precedieron a la llegada del carruaje a la estación del tren. La gran
edificación se levantaba sobre sus cabezas como una especie de sinfonía de
acero y cristal, teniendo muchas similitudes con su homóloga en la ciudad de
Londres. El ambiente festivo también había acampado en su interior debido a las
banderas y adornos que colgaban de los arcos y andenes, incluso de las
locomotoras.
─Nuestro tren está en el andén número
diez─ comentó Isabel mirando los boletos─. Viajaremos en primera clase.
─Un regalo por parte del Sr. F,
supongo. Es un caballero tan gentil…─afirmó Alexandria dejando escapar un breve
suspiro con una sonrisa.
Con el equipaje etiquetado y colocado
en el vagón de carga, los tres se dispusieron en sus cómodos puestos en el
espacioso y lujoso vagón de primera clase. Unos minutos después los maquinistas
aceitaron las vías y de un resoplido la poderosa bestia mecánica inició su
marcha sobre las vías. A medida que se iban alejando de la estación y la
ciudad, los saturados cielos fueron quedando atrás, dando paso a un radiante
sol tropical que coronaba un resplandeciente cielo azul. En poco tiempo la
locomotora alcanzó su velocidad ideal y se deslizaba sin mayor resistencia
sobre las líneas férreas mientras se adentraba en la espesura de la selva.
─Podría acostumbrarme a la primera
clase─ dijo Isabel acomodándose en el sillón─. Lo bueno es que habrá tiempo
para disfrutarla. Llegaremos una o dos horas después del mediodía a la estación
en Panamá.
La sinuosidad de las vías se fue
pronunciando y en poco tiempo la mezcla de verdes claros y oscuros del bosque
dieron paso al azul reflejo de un vasto horizonte de agua que abarcaba la
visión a ambos lados de la vía, misma que ahora se extendía por un sólido
puente.
─Este debe ser el lago Gatún─ afirmó
Alastair.
─En efecto─ dijo Isabel.
─Es bellísimo. Cualquiera que lo ve
creería que es un mar─ comentó Alexandria.
─Si ha escuchado hablar del mito de la
Atlántida, aquí tenemos una representación hecha por el hombre. Bajo estas
aguas quedaron varios poblados, algunos contemporáneos con la construcción del
ferrocarril y otros tan viejos como Jamestown.
─Así que conoce de él, Sr. Irving─
comentó Isabel.
─He leído algo. Este enorme reservorio
de agua es crucial para el funcionamiento de la vía interoceánica. Adicional a
eso, es la presa más grande del mundo jamás construida.
─Tuvieron que mover las vías del tren,
incluso. Aún puedo recordar la vieja ruta. Pantanos, selvas y más pantanos.
Ahora es un espectáculo sublime ver tanta agua junta en un mismo lugar.
El ferrocarril atravesó el tramo y tocó
tierra en la primera isla, deteniéndose de forma momentánea en Monte Lario.
Algunos minutos después la marcha continuó a través de un tramo acuático más
corto al anterior. Luego de tocar tierra la oscuridad se hizo al atravesar la
montaña a través de un túnel y luego a un paso que bordeaba el lago y la selva
en una especie de callejón entre la vorágine. Luego de una nueva parada en la
población de Frijoles y otro breve trayecto sobre las aguas, el tren afianzó su
marcha como haciendo saber que no habría más paradas en un buen trayecto. El
convoy se deslizó sobre las líneas férreas con una facilidad impresionante,
tanto que hacía difícil creer que costase tantas vidas colocar cada metro de
vía. Permitió por última vez a sus pasajeros observar un lado más angosto del
cuerpo de agua al cruzar sobre el último puente antes de visualizar las cumbres
de Culebra y el próximo poblado conocido como Bas Obispo. Para sorpresa de los
Lawless, el tren no hizo la parada debida en el lugar.
Alastair se asomó por la ventana y pudo
visualizar en la distancia el pueblo, pero no vio a nadie en la zona. Podría
explicarse que sus habitantes se hallaban en las obras, más por el informe
sabía que esta era una de las primeras poblaciones que fueron víctima de las
desapariciones en masa. La siguiente parada fue Las Cascadas, que mostró la
misma situación de la población anterior. Al llegar a Emperador las cosas se
mostraron diferentes, dado el bullicio de las personas y la visión de las
enormes y poderosas maquinarias de excavación. A este le siguió Culebra. A
partir de este trayecto se pudo observar los trabajos en todo su esplendor. El
ensordecedor sonido de los resoplidos de las máquinas, se combinaba con el
sonido de los picos y palas; las rocas que se apilaban en vagones y eran
retiradas a través de vías férreas, puestas para sacar los enormes volúmenes de
escombros hacia los lejanos vertederos. A lo lejos podían oírse y verse las
explosiones y los cascajos en los que se convertían las macizas y en apariencia
inexpugnables rocas.
Con una velocidad moderada el tren
continuó su marcha atravesando las obras, permitiéndoles ver con detalle tal
demostración de voluntad. La baronesa observaba maravillada junto a Isabel a
través de su ventana, mientras el inspector meditaba acerca de lo que había
visto en las poblaciones anteriores. Los franceses lograron ocultar con
eficiencia la situación ante los ojos de los transeúntes, pero estaba seguro de
que cuando pudiera poner los pies sobre la tierra en la ciudad, no tardaría en
encontrar los rumores que darían las pistas necesarias para develar el
misterio.
Las paradas de Pedro Miguel y Paraíso
dieron lugar a un nuevo trayecto marítimo que bordeaba el lago Miraflores, que
terminaba justo en el pueblo del mismo nombre. Desde allí pudieron contemplar
los trabajos de construcción de las esclusas. Las enormes palas se codeaban con
unas no menos monumentales bombas de concreto que vertían el material como si
se tratase de agua. Con los trabajos más avanzados que en la zona anterior, la
visión fue breve pero no menos magnífica.
Alejados ya de las zonas de
construcción, la siguiente parada fue la población de Corozal.
─Esta es la última parada antes de
llegar a la estación de Panamá y por consiguiente a la ciudad─ comentó Isabel
con una sonrisa.
Terminado el desembarque, el
ferrocarril volvió a su andar permitiéndoles ver a la distancia un amplio canal
excavado en dirección hacia la esclusa. Observaron a la distancia un brazo de
mar que reposaba estancado por un dique y a lo lejos las altas murallas de la
ciudad. Alastair revisó su reloj de bolsillo y constató que eran las dos de la
tarde con veinte minutos.
La pesada y poderosa bestia mecánica
fue aminorando su marcha a medida que se iba acercando a la estación de Panamá.
Gemela en sus formas a la de Colón, ésta se hallaba sumergida en el bullicio de
las gentes, dejándose respirar un espeso aire festivo. Detenida en su totalidad,
la locomotora dejó escapar un último y fiero resoplido de vapor anunciando su
llegada triunfal. En seguida los pasajeros comenzaron el descenso y los
asistentes a buscar sus equipajes.
Isabel y los Lawless estuvieron listos
para movilizarse en cuestión de minutos, atravesando los atestados corredores
que salían de los andenes. Las banderas y los sonidos de fiesta se perfilaban
como un mar que parecía querer ahogar a los visitantes. Una vez en la calle, un
nuevo carruaje llegó justo a tiempo para recogerlos y al instante estuvieron en
dirección hacia la ciudad.
Al alejarse de la estación contemplaron
el embarcadero de Playa Prieta y la Ciénaga, un misterioso y precario caserío
que hacía un contraste inmediato con las monumentales y blanquecinas murallas
de la ciudad de Panamá.
Construidas luego de la invasión y
destrucción por fuego del antiguo asentamiento, la nueva ciudad fue diseñada y construida
como un inexpugnable bastión similar a los castillos medievales, pero con la
magnitud de un reino de cuento y modernizada a las exigencias de los siglos
posteriores.
El camino se sumergió a través de
caseríos compuestos de manera principal por casas de madera, que eran separadas
por oscuros y angostos zaguanes que parecían perderse como tímidos vástagos de
la carretera principal. Puestos de fruta, verduras, pescados y otros insumos
abarrotaban los lados de la vía, dejándoles ver el nivel de humildad de sus
habitantes.
El carruaje dio un giro y accedió por
una avenida que contrastaba con lo anterior, ahora rodeada de amplios y
vistosos edificios de madera de dos pisos de aspecto francés.
─¿Qué es este lugar?―preguntó
Alexandria mirando con curiosidad por la ventana.
―Este es el arrabal―contestó Isabel―.
Es el sector exterior de la ciudad, una suerte de expansión o etapa nueva de la
ciudad amurallada.
―Aquí quedaron los descendientes de los
trabajadores del ferrocarril, en su mayoría inmigrantes―agregó Alastair.
―Luce tranquilo de día, pero cuando cae
la noche se convierte en un lugar donde ocurren cosas inimaginables y posibles gracias
al alcohol, el opio y otras sustancias. Muchos habitantes de intramuros vienen
aquí y se pierden entre los callejones en busca de prostitutas y juegos de
azar, pero si los agarra la noche deberán buscar la manera de sobrevivir hasta
la mañana siguiente.
―¿Y eso por qué?
La avenida dio paso a un amplio y baldío
terreno que se extendía a lo largo a ambos lados del camino. El carruaje cruzó
el puente y se detuvo, permitiéndole avistar la gran puerta de la ciudad.
Mientras los conductores mostraban sus credenciales a los guardias, la baronesa
pudo contemplar con maravilla los alrededores y lo que se cernía a sobre sus
cabezas.
Una
profunda y en apariencia descuidada trinchera se extendía a lo largo del solar
por la orilla del muro, cruzada solo por un puente con el ancho de dos
carruajes. Frente a ellos se levantaba un gran arco de piedra adornado por
ambos lados de dos pares de columnas empotradas en la pared que a su vez
sostenían una cubierta de dos aguas, sobre cuya punta se cernía un campanario.
Debajo estaba sujeta por un sinnúmero de cables la gran puerta, que era una
suerte de pared con unos dientes de acero en el extremo que descansaba maciza y
recostada a la parte superior del muro. Esta era elevada a tal altura gracias a
unos potentísimos motores de locomotora que la levantaban y hacían de
contrapeso para mantenerla alzada.
―Esa es la puerta de tierra. Es alzada
a las seis de la mañana y bajada a las seis de la tarde todos los días. Minutos
antes hacen sonar la campana para avisar que está por moverse. Una vez en
movimiento no hay poder humano que la detenga. Aquel ciudadano de intramuros
que se arriesgue a quedarse afuera… será mejor que tenga a la providencia muy
de su parte―dijo Isabel―. Espero que ustedes, siendo una pareja de bien,
calculen con frialdad sus movimientos fuera de la muralla.
―Por supuesto―comentó Alexandria
mirando con picardía a Alastair.
El conductor del coche sacudió las
riendas y los caballos reanudaron la marcha hacia el interior de la ciudad. A
medida que se alejaban de la gran puerta fueron notando en seguida el cambio en
el paisaje. Altas y elegantes casas de diseño colonial se alzaban a ambos lados
de la calle, cuyo empedrado se extendía de manera uniforme en una suerte de dos
vías. Desde las aceras se levantaban elegantes postes, que finalizaban en unas finas lámparas de vidrio enmarcadas por elegantes
formas de metal. Las gentes caminaban mostrando lujosos atuendos y coloridos
vestidos que dejaban ver la clase y alcurnia de personas que formaban parte de
la sonada clase de intramuros.
―Unas calles más y llegaremos a la
posada de madame Karenina.
―Qué bueno es saberlo… muero por
estirar las piernas―dijo Alexandria―. Imagino que tú también, querido.
―En definitivo. Ha sido muy largo este
viaje.
continuará...
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