miércoles, 20 de febrero de 2013

El Duque Pirata: Caterina de Tunisia II (Parte VII)




El Duque Pirata (Parte VII)
Caterina de Tunisia (Parte II)

 Antes de que pudiéramos hacer cualquier movimiento, una suave voz cortó la tensión del silencio que había en el ambiente.
—Bajen sus armas, caballeros. Están asustando a nuestros invitados…
Muy obedientes los hombres dejaron de apuntarnos, adoptando una posición de descanso y abriendo paso a la propietaria de aquella voz. Se trataba de una delicada y bella dama. Estaba ataviada con un detallado vestido color rojo, cubierto en su extensión por una serie de delicados encajes negros. Su oscura melena estaba recogida en una cola y su frente coronada por un corte recto de sus cabellos en una ordenada galluza. En lo alto de su cabeza traía un pequeño y delicado sombrero de copa, colocado de medio lado, decorado con pequeñas cadenas plateadas muy similares a las que colgaban de su cuello a modo de gargantilla. Entre sus manos llevaba un fino bastón negro coronado por una bola de cristal, en cuyo interior llevaba un dragón esculpido en jade. Su rostro era muy fino, formado por una nariz de delicado perfil, tiernos labios rojo pasión y rematado por unos bellos y cautivantes ojos negros, sobre los cuales traía unas gafas redondas de un suave color verde como las aguas del Caribe.
—Tan puntual como el Big Ben, Fei Tzung.
—Y tu tan resguardada como el sello imperial en la ciudad prohibida, Caterina Gatto - Cacciatore.
Escuchar tal nombre no me provocó reacción alguna, mas para Madame Ivanna fue totalmente lo contrario.
— ¿Caterina Gatto – Cacciatore? ¿Gattino?… ¿Eres tú?—preguntó con sobresalto.
La pitonisa salió delante de nosotros. Al verle, el semblante de seguridad y misticismo que había poseído desde que entró en escena en nuestras vidas se quebró, dejándonos ver la más pura de las naturalezas del ser humano.
— ¿Mamá?—preguntó la joven.
— ¡Gattino!—exclamó con emoción la pitonisa.
Ante nuestra profunda sorpresa, ambas corrieron una hacia la otra y se abrazaron con emoción. La propia Fei Tzung se notaba conmovida y sorprendida ante los hechos.
— ¿Madre, que haces aquí?
—Lo mismo te pregunto yo—dijo separándose del abrazo.
—Esta es la casa de papá. Aquí vivimos juntos desde hace mucho tiempo.
— ¿Dónde está el?
—No sé de él hace un mes—contestó con tristeza—. Un día salió de viaje a Colonia. Estando ya lejos me enviaba cartas puntuales todas las semanas, hasta que dejaron de llegar y no he vuelto a saber de él.
La pitonisa estaba con los ojos inundados en lágrimas. Yo lo ignoraba, pero ella no había visto a su hija en muchísimos años y no había tenido noticias ni de ella ni del padre en ese mismo tiempo.
—Ven, quiero presentarte a quienes me salvaron. Ella es Lady Hikari.
—Mucho gusto en conocerle, Lady Caterina.
—Él es Bastian Mercado, Duque de Labarca.
Ella me ofreció la mano, la cual tomé y me dispuse a besar. Mientras la acercaba a mi rostro pude apreciar las formas de un fino y prominente anillo en uno sus dedos. En el interior de la gema que lo coronaba estaba plasmado un logo que había visto con anterioridad y que había procurado jamás olvidar: dos llaves ajustables coronadas por un engranaje, la escuadra y la letra “M”. Ella contestó al saludo asintiendo con la cabeza.
—Es todo un placer conocerle, milady—comenté levantando la mirada.
—Igual que lo es para mí, apuesto Duque de Labarca... Bienvenido sea usted a mi casa, que también es su casa.
Esa última afirmación fue muy curiosa para mí, mas procuré no mostrar mi curiosidad al respecto.
—Por favor, subamos a la casa—agregó—. Imagino que han de estar cansados por el viaje. Dejen sus maletas con toda confianza, mis sirvientes se encargarán de dejarlas en sus respectivas habitaciones.
Ella levantó las manos y aplaudió dos veces. De la nada aparecieron cuatro sirvientes, quienes tomaron nuestro equipaje, llevándoselo por donde habían venido.
—Acompáñenme—dijo la joven iniciando la marcha.
Ella tomó a su madre del brazo y empezó a caminar con ella hacia una de las paredes. Acercó su bastón a una placa metálica dispuesta en la pared y el báculo se iluminó. La pared se abrió dándonos paso a un amplio cubículo de fina madera de la mitad para abajo y de suave terciopelo verde de la mitad para arriba, decorado con diseños de estilo árabe. El piso estaba cubierto por una elegante alfombra roja. Nos introducimos en la elegante habitación y las puertas se cerraron. Empezamos a ascender, mientras que la manecilla del reloj en lo alto de la puerta se movía de izquierda a derecha. De un momento a otro el movimiento se detuvo y una campañilla sonó. Las puertas se abrieron, dándonos paso a un amplio y majestuoso vestíbulo. El interior yacía decorado de alfombras y candelabros, todo de un puro estilo arabesco. En seguida unos sirvientes se acercaron a nosotros con bandejas en sus manos, pobladas con vasos de agua y otros con té y café.
—Siéntanse como en su casa. Si gustan pueden ir a sus habitaciones para que puedan refrescarse y descansar.
—Eso es una excelente idea—comenté con un suspiro.
—Sirvientes, guíenlos a sus habitaciones. Mamá, yo te llevaré a la tuya.
Los asistentes nos guiaron a través de las escaleras hacia la planta alta de la casa. No habíamos podido verla por fuera, pero su interior era colosal. Todo adentro era sumamente elegante, muy parecido a mi casa en Extremadura. Como nota curiosa no me sentía en un lugar extraño, en lugar de ello tenía una leve sensación familiar, como si hubiera estado aquí antes y no pudiese recordarlo.
El sirviente me dejó frente a mi habitación. La misma sensación de familiaridad me embargó. Giré la perilla y entré encontrándome un amplio aposento no menos majestuoso que el resto de la casa. Pude volver a ver la superficie de la tierra a través de la ventana.
Me hallaba en un tercer piso de una elegante villa en lo alto de una colina, que era más parecido a un fuerte. Los alrededores estaban formados de vastos espacios, decorados por el luminoso verdor de la vegetación del norte de áfrica.
Relajado con la visión, me dispuse a tomar un baño de tina.  Por más increíble que parezca, al entrar a aquel lugar ahí estaba. Era como si lo hubiese pedido y un genio del desierto me hubiese concedido el deseo. Intentando cortar mi paranoia, me decidí a tomar aquel baño. Mientras me sumergía en las frescas aguas, hacia un resumen en mi mente de todo lo que había sucedido hasta ahora. Quien iba a pensar que en nuestra escapatoria íbamos a ir a parar a la casa de la hija de la madame, misma que me resultaba familiar en cada paso que daba. Si bien es cierto yo he estado en muchos lugares del mundo y puedo recordarlos todos a la perfección. Estaba seguro que si no podía recordar un lugar, es porque nunca había estado ahí.
Luego de refrescarme y vestirme, decidí recostarme en la cama. Mientras observaba el techo hacia recuento de mi resumen y sobretodo de aquel escalofriante sueño que había tenido al quedarme dormido durante el viaje en la canasta. Si bien es cierto el mundo no había sido de lo mas pacifico desde las guerras napoleónicas, pero el contexto pintado para nosotros por Fei Tzung era algo que iba más allá de la mente de cualquiera. Mis pensamientos fueron interrumpidos por unos sonoros golpes a la puerta.
— ¿Quién es?—pregunté.
—Disculpe usted, Duque—contestó el sirviente—. He venido a anunciarle que la Señorita Caterina desea que le acompañe a la mesa para el almuerzo, mismo que se servirá puntual a medio día.
Tomé mi reloj de bolsillo y le abrí para consultar la hora, percatándome que eran las once con cuarenta y cinco minutos.
—Está bien. Voy a vestirme para la ocasión y saldré.
—Le estaré esperando para guiarlo a la mesa.
Luego de unos minutos salí de la habitación y me reuní con el mozo. El inicio la marcha caminando unos pasos delante de mí, manteniendo un paso firme y coordinado por el pasillo. Mientas íbamos yo observaba con detalle la estructura de la casa y las cosas en su interior. Esa extraña sensación de familiaridad me embargó otra vez. Por cada paso que daba, algo me decía de manera constante, necia; que yo ya había estado aquí antes.
Luego de unos minutos, para ser exactos siete antes de la hora acordada, llegamos al comedor. En medio de la vasta habitación se encontraba una gran mesa rectangular, de unas veinticuatro sillas. Allí ya estaban Lady Caterina, Madame Ivanna y Lady Hikari, al igual que Fei Tzung. El sirviente me guió por el lado derecho de la mesa hacia mi asiento, mismo que quedaba frente a Madame Ivanna y al lado de Fei Tzung, a corta distancia de la cabecera, ocupada por Lady Caterina.
El reloj de cuerda de la habitación llegó a su punto más alto y anunció el medio día con una campanada.
—Madre, Duque, Lady Hikari, Srta. Tzung. Bienvenidos todos a mi mesa. Espero disfruten del almuerzo que he hecho preparar para ustedes.
Dicho esto los sirvientes destaparon las charolas, mostrándonos una serie de platillos dignos de la mesa de una reina. Había ave, carne, diferentes tipos de sopa y caldos, frutas, dátiles y postres.
En seguida los sirvientes tomaron nuestros platos y nos sirvieron los alimentos. Cada uno recibió algo diferente, más yo al poner la primera cucharada en mi boca fui emboscado de manera más feroz que antes por aquella sensación de familiaridad. Dicho platillo había sido probado por mí antes.
No sabía si era la sazón o simplemente la textura, pero me trajo unos profundos recuerdos que yo creía no poseer. Ahora si no podía decir que eran cosas mías. Frente a mi estaba la prueba contundente de que yo, de alguna forma u otra, había estado aquí antes.
Levanté la mirada y noté que Lady Caterina me observaba de reojo con su mirada felina, muy pícara. En ese momento pasó por mi mente la posibilidad de que ella conocía a la perfección como me estaba sintiendo, no por intuición; sino porque ella de alguna manera había estado provocando que me sintiera de esa manera. A pesar de sentirme expuesto, intenté seguir degustando los alimentos como si nada estuviera pasando. Ella me observaba de forma ocasional, mientras conversaba amena con su madre. Fei Tzung hablaba con Lady Hikari acerca de su extraordinario talento con las máquinas y de cómo había tomado por sorpresa al piloto del globo. 
Luego de degustar la entrada, el plato fuerte, la ensalada; las frutas y postre, a la una terminó el almuerzo. Los sirvientes volvieron a cubrir las charolas y procedimos a levantarnos de nuestros asientos. Antes de que yo pudiera ponerme en pie, Lady Caterina puso su mano sobre la mía, llamando mi atención.
—Duque, deseo invitarle a dar un paseo por los alrededores.
—Será todo un placer acompañarle, Lady Caterina.
Ambos nos levantamos de la mesa mientras los sirvientes apartaban las sillas. Fui hacia ella y le ofrecí el brazo, mismo que ella entrelazó con el suyo.
—Guíe usted, milady—le dije con una sonrisa.
Salimos caminando del comedor hacia una de las puertas laterales del salón, misma que daba hacia el corredor. Con su báculo en la mano, recorrimos el pasillo hacia las escaleras y luego de bajarlas estuvimos en el vestíbulo de la casa. Caminamos recto hacia las puertas y los sirvientes abrieron las mismas para nosotros.
Al salir me hallé frente a un hermoso jardín adornado con flores, estatuas y una majestuosa fuente. La brisa era suave y la luz del sol era refrescada por el correr de las aguas a través de empedrados canales en el suelo.
—Debo decir que usted posee una residencia muy hermosa—comenté mirando a los alrededores—. Este lugar podría dejar verde de la envidia a cualquier familia adinerada de Europa. Debo recalcar que este lugar es aun más hermoso, pero palidecería con severidad sin su belleza en principal.
Ella rió con timidez ante mis palabras.
—Gracias por el cumplido, Duque… Aunque siento que exagera.
—Es usted muy modesta... Eso la hace más bella y da más fundamentos a mis palabras.
—Ya que hablamos de este lugar, quisiera preguntarle algo.
—Dígame usted.
— ¿No se siente familiarizado con él? ¿Algo así como si ya hubiese estado aquí antes?
Al escucharle decir eso detuve la marcha. En seguida le observé a los ojos.
—Es en particular extraño para mí, pero así es. Me atrevo a decir con suma seguridad que recuerdo cada lugar en el que he estado, pero hay algo aquí que me grita por todas partes que estuve aquí, aunque mi sentido lógico y mis recuerdos afirmen lo contrario. La habitación, el pasillo, la mesa y sobretodo el platillo de entrada, todo me dice que antes estuve aquí, mas no puedo recordarlo.
Al escuchar mis palabras ella se llevó la mano a la cara y comenzó a reír de forma tímida.
—Veo que mi idea ha funcionado, hasta cierto punto. ¿En serio no puede recordar nada, Duque?
—Lamento decirlo si eso va en contra de sus ideas, Lady Caterina, pero así es.
—No lo lamente ni se mortifique mas pensándolo, Duque Bastian. Usted si estuvo aquí antes, o al menos; en un espacio igual a este.
— ¿Esta hablándome en serio?—pregunté muy intrigado.
—Muy en serio. Permítame que le ilustre al respecto. Como se habrá enterado cuando llegó esta mañana, Madame Ivanna es mi madre. Ella, su padre y mi padre eran amigos desde hace años. Mucho de ese tiempo lo pasaron en una casa igual a esta, pero no aquí en Tunizia, sino en la toscana italiana. Sus padres pasaron mucho tiempo allí, cuando usted y yo éramos pequeños. Prácticamente nos criamos juntos, pero tuvimos que separarnos cuando el rey de España nombró a su padre como Duque y le otorgó el ducado allá, impidiéndole seguir con nosotros por tiempo prolongado debido a sus obligaciones con la corona. Luego de eso mis padres se separaron y no volví a saber de mi mamá, hasta ahora. Nuestra casa se quemó en un trágico y misterioso incendio años después, al cual por fortuna sobrevivimos. Como conmemoración a eso, mi padre decidió construir la casa igual hasta el más mínimo detalle. Usted quizás nunca ha estado en Túnez, pero sí estuvo en esta casa cuando existía en la toscana italiana.
Yo estaba impresionado. Haber sido sorprendido de esta manera hacia que sintiera un poco de vergüenza al ver la poca rentabilidad que tenía como persona astuta.
—Eso lo explica todo entonces—dije acariciándome la barbilla—. Me apena no poder recordarlo de manera tan vívida como lo hace usted, milady.
—No se sienta apenado, Duque. Apenada si debo sentirme yo con lo que le diré a continuación.
— ¿En serio? ¿Qué va a decirme?—pregunté con notable expectativa.
—Sus padres y los míos fueron muy unidos, a tal grado que pensaron a futuro, ignorantes del destino que les aguardaba. Ellos acordaron que cuando usted y yo tuviéramos la suficiente edad, seriamos el puente por el cual ambas familias se unirían—comentó ruborizándose—. Es decir, en pocas palabras… Usted y yo fuimos parte de un arreglo matrimonial. Duque Bastian Mercado de Labarca, a pesar de la vergüenza que me embarga al decírselo así… Yo… Soy su prometida.

 Continuara...

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